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Natación desincronizada

En julio de este año, se me ocurrió que sería una genial idea apuntarnos a matronatación.

Así nos imaginaba en la piscina

Así nos imaginaba en la piscina

En la piscina municipal hacían un intensivo de 1 mes, a precio razonable en un horario horroroso, pero como la sra. Angus ya vivía con nosotros y el sr. Oh (10 meses) no podía dormir conmigo las siestas, me daba bastante igual tener el drama en casa o con audiencia.

La cosa fue moderadamente bien. El ambiente de la piscina le gustó, el agua le apasionó, al punto que me pasé el verano evitando que se despeñara literalmente, de cabeza, hacia cualquier charco que viera.

Pero vamos al tema en trebambalinas:

Ir a la piscina con un descendiente que no camina es una mierda

En nuestro caso.

Yo me las daba muy felices, hasta que entramos en faena. Hay descendientes que mantienen un estado mental zen durante todo el proceso pero, evidentemente, este no puede ser nuestro caso.

Ponerse los respectivos bañadores es relativamente fácil, si eres capaz de controlar el movimiento “posesión de alien” donde es capaz de acabar volcado el carro o saltando del cambiador. Mientas otras madres danzan con sus pichones mientras se ponen y se quitan ropa sin alterar el ritmo del Universo.

A las otras madres, les da tiempo hasta de pintarse antes de saltar al agua

Las otras madres, tan relajadas y naturales en el vestuario.

La parte chunga de verdad viene en la ducha, donde el salmonete en cuestión enjabonado huye por su vida y se te escapa de los brazos dispuesto a espachurrarse contra las baldosas del suelo con tal de huir. Mientras, ojiplática, oía en las duchas colindantes bebés reír mientras sus enternecidas madres, deduzco, les aseaban con jabón de unicornio y les aclaraban con gotas de rocío entregado por virginales princesas incas en hojas de palma fresca, porque lo que es en nuestra ducha el agua salía como agujas de fuego y hielo a presión de horror infernal.

Así que, en el vestuario hacíamos un remojón para eliminar el cloro superficial y nos duchábamos con propiedad en casa.

Pero ¡ay, amiguitas! El tiempo deforma los recuerdos y en septiembre se me ocurrió apuntarnos al sorteo y no tocó la plaza. Ahora teníamos la oportunidad de perfeccionar nuestra técnica.

El primer día de clase de este curso, era el primer viernes de octubre. Cómo el destino es caprichoso, nos tocó una de esas semanas en que el sr. Oh (13 meses) empieza a llorar el lunes a las 6 AM y no acaba hasta el siguiente lunes. Así que ese viernes yo estaba desquiciada y agotada, no había podido preparar la bolsa y tuve que hacerlo con un niño que, además de no haber dormido ni un segundo de siesta, se negaba a separarse de mi y que tampoco quería estar en la boba, solo quería estar en brazos. Salimos tarde de casa y llegamos justo cuando las últimas madres ya entraban en la piscina, el sr. Oh luchaba por romper los cinturones de silla para que lo cogiera en brazos mientras seguía chillando.

Íbamos tarde, pero había conseguido hacer la bolsa y llegar hasta allí, ¡bien! Empiezo a sacar toalla, chanclas, gorro y… me había dejando mi bañador en casa.

Me saturé y empecé a llorar.

Que me podéis decir que no era para tanto, pero para mi esta fue la gota que colmó el vaso. Cogí al sr. Oh y salí de allí bajo la mirada del recepcionista, que no entendía porque íbamos ambos llorando camino de la salida.

Cortinilla. Pasan las semanas. Se vuelven a ver las puertas de la piscina. Interior vestuarios, día.

Unas semanas después, habiendo aprendido a preparar la bolsa con un descendiente en brazos, llegamos a la piscina y, de repente, a parecen una madre del curso y su retoño entrando al trote. Vienen de lejos, ha salido tarde de casa y a medio camino se ha dado cuenta de que se ha dejado la bolsa y, aún así, le ha dado tiempo de pasar por, vamos a llamarlo, El Patrón Británico y comprar una par de toallas, unas chanclas y un bañador para ella, entrando como un huracán ni siquiera tiene que pedir que alguien le deje un gorro porque una que pasaba por allí le dice que tiene uno de sobras y otra madre le da un pañal de piscina para el heredero.

confused

Pim pam pum. Llega tarde, le da tiempo a comprar lo básico para ella, le dejan el resto y continúa la tarde tan feliz.

Está claro que es cuestión de actitud.

Y entonces me diréis que no pasa nada porque en el agua el sr. Oh se lo pasaba la mar de bien. Pues fue volver en octubre y resulta que habían cambiado el agua por azufre, para hacer juego con las duchas, clarostá. Y pasó de ser un sirenito feliz, a abrazarse a mi cuello, cual koala personificado. Si ya no participaba en las actividades en seco, en la piscina menos.

Así tenía un alien en el vestuario, un koala en el agua y un salmonete en la ducha.

Por suerte superamos la adaptación piscinera y poco a poco vuelve a ser feliz en el agua, disfruta de lo lindo viendo culos de veinteañeras cañón y jugando con las puertas de las taquillas en el vestuario, la ducha ya no es un baño de lava y se empieza a aguantar en pie sin apoyo (15 meses).

Sin embargo, hasta que consigamos el grácil baile de las otras madres piscineras, seguiremos practicando nuestra natación desincronizada.

Y vosotras ¿qué tal lleváis la sincronización?

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