Recién parido

100 maneras de trolear

Han acabado las fiestas pero yo todavía no puedo cantar victoria. El lunes -o algún día se la semana que viene- ya explicaré el motivo de mi desparición blogeril. O no.

Hoy traigo una entrada que puede que convierta en una saga, o no.

Andábamos el sr. Moderno y yo comiendo un bocadillo en un bar para no morir de inanición mientras el sr. Oh nos deleitaba con sus nuevos gritos agudos capaces de destruir toda la cristalería de toda Barcelona mientras pateaba alocadamente sobre mi regazo, es decir, tomando un tranquilo tentempié, cuando una señora vino a decirnos que el descentiende que se dedicaba a arrancarme los cabellos de mi sedosa melena era clavadito clavadito al sr. Moderno.

Acto seguido la señora se sentó a mi lado, estábamos sentados en la barra, y comenzó a tocarle las manitas al sr. Oh. “Piérdase señora” iba pensando yo mientras le tocaba con sus vete-a-saber-donde-han-estado-esas manos, pero como el sr. Oh había dejado arañarme el cuello les dejé a su royo.

La señora venga a decir que el sr. Oh era igualito, pero igualito a su padre sentado a mi lado.

Nos acabamos el bocadillo, pedimos la cuenta y mientras nos levantábamos, recogíamos y nos dirigíamos a la puerta, el sr. Moderno y yo nos miramos y asentimos. El sr. Moderno se adelantó unos pasos y yo me quedé atrás, con nuestro minimoderno en el porteo, momento que aproveché para, a pocos centímetros de la señora, susurrarle “él no es el padre de la criatura”.

Y seguí caminando.

Fuera del local, el sr. Moderno y yo pudimos caminar pocos metros aguntando la risa.

Y vosotras ¿habéis troleado?

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El comodín de la llamada

Lo admito, he usado el comodín de la llamada, más de una vez. Admito que, de hecho, abuso de él.

Con la escusa de estoy trabajando, soy autónoma o me llama un cliente he usado el teléfono para huir con mi minimoderno de todo tipo de situaciones.

Que veo a alguien y sé que me va a parar, comodín de la llamada. Saco el móvil en un movimiento ninja y “¡uy! me están llamando no me puedo parar”.

Hay un grupo de abuelas-come-cerebros-de-bebé esperando al primer cochecito que aparezca en el horizonte “¡uy! es una llamada de mi cliente favorito”.

Veo venir que me van a soltar la brasa y “¡uy! me dicen por whatsapp que necesitan algo en la imprenta” bomba de humo y desaparezco.

Hace unos días una conocida me dijo “te vi por la calle con el sr. Oh, pero ibas con el móvil y con prisa, no te quise parar”. Así descubrí que uso el comodín de la llamada incluso sin querer. Estaba en una llamada real y llevaba prisa real.

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Pero es que es realmente útil, porque llevas un descendiente y te hablan hasta las piedras, piedras que llevan toda la vida allí y nunca te habían dicho ni mu, pero que de repente tienen una necesidad imperiosa de hablarte y si es posible tocarle las manitas a tu recién parido. Pasas de ser un ente anónimo a un ente señalable “esa de ahí es carne fresca”. Lo que me lleva a usar el comodín de la llamada, de nuevo.

Y vosotras ¿qué comodín usáis?

C=SN^2

Después de 3 meses, nuestro equipo de I+D, idealización y descendencia, ha encontrado la fórmula que os dará el resultado numérico de las ganas de fiesta que tienen vuestros descendientes.

Otros habrían tardado años en desarrollar tan magistral formulación, pero nosotros contamos con las energías renovables de nuestra minimodernidad.

C son las ganas de cachondeo de vuestra descendencia, las cuales son igual a la multiplicación del sueño que arrastráis por la nocturnidad y alevosía de los despertares de la criatura elevadas al cuadrado.

Porque, seamos sinceros, por pocas veces que se despierten vuestras dignas descendencias, los bebés emiten sus ondas cerebrales hacia sus indefensas madres y estas se despiertan con un resorte, directas a estamparse contra la pared de en frente, haya o no colecho.

Hay algunos pocos bebés, concebidos en noches de luna llena, mientras Marte y Júpiter se alineaban en el cielo de la Atlántida y nacidos bajo el ascendente del unicornio, que duermen la noche entera y cuando digo entera digo 8 horas, sin despertar alguno pidiendo en clave de llanto desgarrador su leche, cual yonki de la teta. Vamos, que haberlos haylos, pero es de esas cosas que les pasa a otras.

Contando que desde mediados del tercer trimestre no he dormido 8 horas seguidas, espero el día en que una noche sean 8 horás del tirón como Aragorn esperaba a Gandalf al amanecer del tercer día. Vamos, que lo espero pero cuando llegue me pillará en bragas.

Un truco para sobrevivir a la maternidad primeriza, es la siesta, si tienes la suerte de que tu descendiente tenga una mínima rutina de siestas, aprovecha para dormir un par de horitas extra durante el día. El sr. Oh y yo nos pegamos unas siestas tremendas por las tardes, hecho que provoca el acumulamiento de trabajo en mi versión de persona laboral, proporcional a la babilla que me cae –¡y qué a gustito me cae!-.

Ojo, que las primeras noches piensas que el sueño no es para tanto en tu nueva versión maternal, pero entonces tu actividad laboral arranca –y en el caso de las autónomas arranca a las 6 semanas– haciendo que ambas versiones se repelan. De ahí que la cantidad de sueño se acumule, haciendo que la fórmula que presentaba al principio crezca exponencialmente en el resultado el cachondeo que gasta vuestra descendencia.

Además, el mundo sigue girando y, tarde o temprano, volverás a hacer actividades de tarde-noche. En mi caso, la primera vez que volví a estar en el centro a las 9 de la noche me escandalicé. “Oioioioi ¡Qué hace tanta gente en la calle a estas horas!” El centro estaba plagado de jovenzuelos desvergonzados que en lugar de estar en sus casas, al resguardo de las maldades del mundo exterior, están en la calle haciendo ves a saber qué cosas. Básicamente, están aplicando una fórmula avanzada de C=SN^2 y yo, básicamente, me estoy convirtiendo en mi abuela.

Ese día a las 11 de la noche estaba muerta-matá y el sr. Oh estaba encantado del cachondeo extra.

Y a vosotras ¿qué resultado os da C?

Ultrasonidos

Cada vez que oigas a un perro llorar es que hay una mujer hablándole a un bebé en 10 metros a la redonda.

Y es que, no sé porqué, parece ser que algunas mujeres cuando se cruzan por un bebé necesitan acercarse mucho mucho mucho a su cara y hablar en una forma tan aguda que se sabe que algunas ballenas han varado en la Barceloneta.

Se supone, en principio, que las especies tendemos a la protección de nuestras crías para asegurar la supervivencia de la especie. En cambio, las mujeres de más de 55 años parece que están decididas a que la siguiente generación sea sorda y que a las madres de esa generación nos sangren los oídos.

Nadie te previene contra estas señoras y te las puedes encontrar en cualquier sitio, acechan en las esquinas esperando que tú, primeriza, salgas a la calle con tu descendencia a modernear por la mañana y cuando estás esperando en un semáforo ¡zas! saltan a tu lado y se inclinan sobre el porteo, a medio centímetro de tu cara y de tu descendiente y sueltan un “¡uyyyyyyyyyyyyyyy, qué cosiiiiita tan boniiiiita!”. Segundos después cae a tu lado, a plomo, una paloma en coma porque le han anulado su sensor de vuelo.

Tu descendencia te mira con cara de “huye, AHORA”, pero no puedes porque con las sílabas más agudas las neuronas de tu cerebro se han desconectado y no puedes coordinar ambas piernas. Te quedas clavada, el semáforo se pone en verde y la señora se despide para ir a la frutería a la búsqueda de su siguiente presa del día.

La segunda vez que pasa, tu descendencia ve venir a la señora y con la primera sílaba aguda intenta esconder la cabeza dentro del porteo como si fuera una tortuga. El problema es que no lo ha intentado antes y se da cuenta que solo puede recoger los brazos, pero la cabeza asoma y las piernas quedan expuestas a la señora, quien viene decidida hacia vosotros con la mano extendida para, además tocar la piernecita que cuelga de la mochila de porteo. Tú, primeriza, la ves venir en slow mo, pero desde fuera todo pasa muy rápido y ¡zas!, te ha vuelto a cazar.

Así que la siguiente vez que sales de casa ya vas preparada, has entrenado durante la noche tus reflejos de madre-ninja y estás dispuesta a poner en práctica tus conocimientos de mortal-kombat. Mientras controlas a las abuelas y pones una mano sobre las orejas de tu minimodernidad, quien ya se ha olvidado de la experiencia previa y sale a la calle feliz de la vida, mirando escaparates a derecha e izquierda con movimiento bamboleante de cabeza, esta vez no es una abuela, sino un abuelo quien se te acerca babeante y emite unos sonidos ultrasónicos, pero varios decibelios inferiores a los de su congénere femenino.

El caso del abuelo te deja perpleja porque, principalmente, no te esperas un abuelo haciendo ruiditos monos, pero también porque dudas si le está haciendo monerías al descendiente o a tus dos maravillosas pechugas lactantes talla XXXXL. Nuevamente a tu lado esperas que caigan un par de palomas desmayadas, pero en su lugar es una manada de gatos que huyen hacia algún oscuro callejón y maúllan con sus oídos doloridos.

Y a vosotras ¿os han hablado con ultrasonidos?

Un chupito…

… cada vez que alguien te diga “es que a mi me gustan mucho los niños”.*

Esta frase suele ir acompañado con un “a esta edad, que con 2 años no hay quien los aguante”.

Atención individuos: ¡a todo el mundo** le gustan los bebés! Menuda sorpresa ¿eh?

*Normalmente un alguien desconocido, que te encuentras por la calle o en la cola del super y que, personalmente, ni te va ni te viene su opinión.

 **Excepto a unas pocas personas.

Arrow 03×03

Hay series de ficción, de ciencia ficción y, recientemente, hemos descubierto la categoría materno-ficción.

Es una categoría que seguramente existía antes, pero, hasta que no te toca, no la aprecias. Para nosotros ha sido un shock decubrirlo y más en una serie como Arrow.

Lo confesamos, el sr. Moderno y yo vemos Arrow. Es una serie para que las novias de los post-adolescentes vean la serie con ellos. Pero que sea de super-heroes y Stephen Amell ayudan a que yo la vea. No voy a engañaros, no la veo por su calidad filosófica.

El capítulo muestra las aventuras de nuestro desgraciado justiciero, que a pesar de no tener un duro decide ir a buscar a su hermana a una isla tropical. Vamos que barato no será. Pero no nos centremos en la ficción, centrémonos en la materno-ficción.

El amigo de nuestro desgraciado justiciero, Dig, acaba de tener una niña. Atención al tiempo verbal: presente simple, acaba.

Está Dig con su recién parida cuando la madre de la descendiente le dice que porqué no se va con el justiciero a buscar a la hermana de este. ¡Y un jamón! La recién estrenada madre le está diciendo al recién estrenado padre que se pire con sus amigos, que ella se queda con la niña. Lo que haría cualquier madre primeriza, está claro.

El capítulo avanza, todo sale como tiene que salir y nuestros aguerridos protagonistas vuelven a casa.

Como no puede ser de otra manera, nuestro amigo Dig, en lugar de encontrarse a una madre desesperada con una niña enganchada a la teta llamando a la recién estrenada abuela para que venga a echarle una mano y el brazo entero, se encuentra a su mujer guapa, maquillada y divina de la muerte ofreciéndole una copa de vino, mientras él, ensimismado, mira a su niña en la cuna. ¡Y una mierda como un piano!

Mientras no me da la vida para dibujar, me conformaré subiendo fotos. Todas las fotos pertenecen a sus autores.

Mientras no me da la vida para dibujar, me conformaré subiendo fotos. Todas las fotos pertenecen a sus autores.

Pero no acaba ahí el asunto, ya que la niña está despierta, feliz de la vida en su cuna, sin que nadie la coja en brazos, sin tener un muñecajo babeado con el que entretenerse, ni un móvil colgando al que mirar desnortada. No. La niña está tan feliz, simplemente, moviendo manos y piernas de esa forma tan descoordinada de los bebés. Con su madre y su padre a un palmo de ella, decide que mejor se queda en la cuna, en lugar de pedir brazos “¡ande va a parar! con lo bien que estoy yo en mi cuna” decía su línea de guión. ¡Ficción de la buena, señoras!

No se vayan todavía, aún hay más, pues esos padres enamorados de su descendiente, no se les ocurre otra cosa que dejar a la niña DESPIERTA en su cuna, irse de la habitación ¡y cerrar la puerta! ¡UNA POLLA COMO UNA OLLA! Tú prueba a dejar a un bebé despierto en su cuna y alejarte, ya no digo irte a otra habitación, alejarte solamente 1 metro. A ver quien es el guapo que sigue tomando vino.

Y, por si los guionistas no tenían suficiente, le dan un broche de oro al capítulo. La recién estrenada madre, aprovecha ese instante para decirle a nuestro amigo Dig que tiene que volver a la oficina. De sorpresa. Sin más. A las tantas de la noche. Sin ninguna premisa. Ni “te he dejado 15 biberones preparados, por si le da un hambre”, ni una lista de instrucciones por si cualquier cosa, ni su doudou listo y preparado, ni un atisbo de inquietud por dejar a la niña con un padre de acaba de volver de viaje de un país tropical-y-vete-tú-a-saber-si-ha-cogido-alguna-enfermedad-rara. Coge la tipa y se pira, tan tranquila. ¡Qué no cuela! ¡Qué acaba de parir y es primeriza!

Que no, que estos guionistas no han visto una familia primeriza en su puta vida.

Y vosotras ¿sabíais que existía este tipo de ficción?

Hermanos de leche

Cuando das el pecho te hacen una pregunta que no sé de dónde sale: “¿te sientes como una vaca?”.

“¿Y tú te sientes ameba, bicho mononeuronal?”.

A demanda te pasas el día con la teta al viento. No creo que haya rincón de Barcelona donde no me ha sacado un pechote mínimo, o los dos. Incluso en situaciones excepcionales hasta 3 veces me he sacado las tetas.

Pero de ahí a llamarnos vacas lecheras hay un trecho. “¿Por qué una vaca?” pregunto. “Porque da leche”, contesta. “Bravo, genio”. También hay leche de soja y nadie me ha comparado con un trozo de tofu.

Las mujeres que damos el pecho tenemos más carisma que una vaca. ¿Qué tal una loba? Las lobas son defensoras y fuertes. Elegantes y atentas. Me gusta más que me comparen con una loba. Capaces de enternecernos y morder, a partes iguales. Capaces movernos en manada y por solitario.

Una loba amamantó a Rómulo y Remo. ¡Eh! Ahí queda eso. Y no creo que la leyenda tuviera tanto carisma si le hubieran puesto una vaca a la escena. A ver cuantas vacas han fundado un imperio. Yo, al menos, no me imagino fundando un imperio con leche de vaca. Como para que encima nos hubieran salido los protagonistas intolerantes a la lactosa.

También es una loba la que amamanta a Mowgli en El Libro de la Selva. No una vaca.

Y nosotras, como esas lobas podemos compartir algo que nadie más puede dar: Leche materna.

Las hormonas me han vuelto muy pasional.

Con ese espíritu de compartir y defender, causa de ellas, un día de esos en los que saltas de blog en blog, caí en alguno (del que no recuerdo el nombre) en el que se hablaba del Banco de Leche Materna. En plena vorágine de esas hormonas que te hacen decidir que vas a salvar el mundo gracias a tus pechotes talla XXL, decidí que me apuntaría al Banco de Leche. Iba a darle a alguien algo que podía ayudar de verdad. Estaba tan decidida que me veía saliendo del hospital directamente para ir a apuntarme al Banco.

Ilusa.

La realidad es que tardé 6 semanas en tener las energías y las ganas para ir. Pero como las hormonas no te dan vacaciones, seguía con ese fervor y me marqué un día en el calendario. Parece que para demostrar que quería hacerlo sí o sí, el día que marqué llovía. Y no 4 gotas, no. Llovía de verdad. Llegados a este punto tenía que ir sí o sí. Cualquiera con un poco de sentido común lo habría dejado para el día siguiente, pero yo no. Metí al sr. Oh en el porteo, cogí el paraguas y salí. Ahí esta yo, contra viento y marea. En mi cabeza todo esto viene rodado en una escena con filtros, tipo Instagram.

Ese día iba a darle al sr. Oh unos hermanos de leche y él no lo sabe, pero esos descendientes de otras madres y ellas, son unos luchadores porque la mayor parte de las donaciones van destinados a niños prematuros. Porque a nosotros todo nos salió bien, pero podría no haber sido así.
En la web tenéis los pasos necesarios para apuntarse, las condiciones que hay que cumplir y los centros para la primera visita. Todo lo demás está chupado, ellos te facilitan el sacaleches y los biberones. Cuando están llenos llamas y un transportista los pasa a recoger y te deja más biberones para la siguiente ronda. ¡Qué no pare la fiesta!

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Cuando hice la primera donación me llegó este babero para poner molón al sr. Oh

El fervor hormonal hizo que el sacaleches me hiciera más ilusión de cualquier regalo en día de Reyes.

Una manera de usarlo e ir llenando botecito a botecito, es sacar leche de un pecho mientras das el otro. Y así lo hice hasta que el sr. Oh se dió cuenta de lo divertido que era darle patadas al biberón con los pies. Luego lo intenté, mientras él hacía alguna siesta, pero era oler la leche y despertarse con los ojos como platos y mirada de “eso es mio”. Al final, no me ha quedado otro momento que hacerlo cuando lo acostamos por la noche.

La función familiar de todo niño es putear a sus hermanos. Como el sr. Oh de momento es nuestro único descendiente, su manera de trolear es hacerlo con sus hermanos de leche.

Espero que este carácter reguñón –y troll– que gasta del sr. Oh, herencia de la madre que lo parió, no se transfiera por la leche, porque si lo hace compadezco -y pido perdón- a las madres que hay ahí fuera. Con un poco de suerte, el efecto será transitorio.

Y vosotras ¿conocéis el Banco de Leche Materna? ¿No? Pues ya lo estáis haciendo.

El tiro por la culata

Cuando el sr. Moderno y yo comenzamos a plantearnos la idea de tener hijos, una de las primeras cosas que decidimos fue mantener el sexo en secreto durante el embarazo. En parte para tener algo que solo supiéramos nosotros. Y un poco también por el simple placer de putear.

Cuando llegó el embarazo, me convertí en una abanderada de la igualdad. No quería ver a mi descendencia vestida de príncipe ni princesa. No quería que le llamaran ni campeón ni bailarina. Los comentarios sobre “esta niña será modelo” o “este niño será futbolista” me pateaban la moral.

Así, en un alarde de mujer moderna -y gafapastil-, junto al sr. Moderno, nos pasamos meses adoctrinando por activa y por pasiva a todo bicho viviente que compartiera un m2 con nosotros sobre la igualdad de los sexos. Después de cada discurso oíamos, dentro de nuestras cabezas, aplausos y vítores.

Melena -y calva- al viento, nos felicitábamos de lo guachis que éramos, en nuestra lucha por hacer de nuestra descendencia un ser sin cargas sexuales.

Unos triunfadores, eso éramos.

Pues bien, un mojón para nosotros.

Fue nacer el sr. Oh y un mundo de posibilidades se abrió ante los ojos de los que creíamos adoctrinados. “¡Azul!” “¡Balones!” “¡Coches!” Vimos como sus pupilas se tornaron en estrellitas de pura emoción.

Empezamos a intuir que no éramos los líderes de opinión que creíamos y que el tiro tenía una trayectoria errática.

Ahí estábamos nosotros, aguantando la sonrisa, mientras algunos hacían lo que les daba la puñeterísima gana y nos demostraban, una vez más, que la familia es la que te toca y si no te gusta, te jorobas. Que bastante han hecho con aguantar sin implosionar durante 9 meses sin saber ni sexo, ni FPP, ni na’a de na’a.

Pensamos que se debería a la euforia de los primeros días, pero no. El primer regalo “de niño” sentó precedente y el avance fue progresivo irrefrenable. A pesar de que seguimos abanderando la igualdad, ya no nos escuchaban. Las masas enfervorecidas caminaban con paso firme.

Uno de los greatest hits fueron unos bodies de motivos deportivos. Toma patada a nuestros principios. No queríamos evitar coches y balones, pues esa información, a la persona que nos hizo el regalo, le entró por una oreja y le salió por la otra.

Y si hubiera sido una niña ya estaría hasta el moño de lazos de color rosa y la palabra “princesa” serigrafiada en inglés, a cambio no habría visto ni un balón de fútbol estampado en ninguna camiseta. Lo que habría sido igualmente un fracaso de nuestro adoctrinamiento.

Así fue como la realidad golpeó nuestros principios y descubrimos que no servimos, definitivamente, para gurús ni para líderes espirituales.

Algunos amigos, por el contrario, nos han demostrado que el machacamiento neuronal sí les ha servido de algo: trolearnos es un placer. Pero lo hicieron con gracia y estilo, debo admitir que yo habría hecho lo mismo. El placer de putear, del que hablaba antes, es bidireccional.

Así que, después de meses alegando a la igualdad, el sr. Oh va vestido de azul y tiene un pijama de balones de béisbol. ¡Toma tiro por la culata!

Eso sí, tiene unos patucos-Converse rojos -gracias a la sra. Umbrella– que ya los quisiera para mí. Puede que no hayamos conseguido que sus primeros meses sean ejemplo de neutralidad, pero haremos de él un minimoderno.

Y a vosotras ¿os salió el tiro por la culata?

Comed bien

Cuando estuvimos en el hospital nos tocaron unas enfermeras la mar de enrolladas. Sin ironía.

De entre varios valiosos consejos que nos dieron, hay uno que considero una estafa.

Uno de los buenos consejos fue que me diera duchas largas.

Otro que me mimara.

Pero el que considero que nos creó falsas expectativas fue: comed bien.

Y así lo hicimos, durante las 5 semanas del permiso de paternidad del sr. Moderno, nos las apañamos para comer más que bien.

El día que volvimos del hospital la recién estrenada abuela, mi sra. Madre, había llenado nuestra nevera de cosas ricas, desde una tortilla casera hasta postres. Días después, nos las apañamos haciendo pinitos gastronómicos, a pesar de que, algún que otro día, se nos descontrolaron los horarios. Pero en general, salimos airosos de esas primeras semanas como padres primerizos y gourmets.

Pero esas 5 semanas terminaron y el sr. Moderno tuvo que volver a poner el despertador y a salir de casa para cumplir un incongruente horario a jornada partida.

El sr. Moderno es el cocinero en nuestra relación. Funcionamos como un gran equipo, yo pienso platos y él los lleva a cabo. Pero con su horario yo me tengo que poner al frente de los fogones. Así que de nuevo, la plancha y la nevera estaban bajo mis deseos, esta vez con un recién parido enganchado a mi teta.

Y cocinar con un bebé de 5 semanas es tarea harto compleja. Te dicen que los bebés duermen, comen y cagan, que no tienen más actividad en todo el día, pero es mentira. Los bebés no duermen. Nacen con las pilas cargadas y quieren marcha all day long.

Podría haceros creer que nos organizamos super bien, que el sr. Moderno deja algo semi-preparado la noche anterior, de manera que yo solo tengo que acabarlo para tener la comida lista. Pero sería una triste mentira.

Tampoco voy a haceros creer que sobrevivimos a base de shawarmas y pizzas.

Pero sí es cierto que los congelados han entrado a formar parte de nuestras vidas. Casi podría decirse que con el sr. Oh, descubrimos los calabacines rebozados y los chipirones rellenos de La Sirena.

Vamos, que no nos metemos glutamatomonosódico en vena, pero la idea de ir al mercado a comprar productos frescos y hacer cosas ricas para mantener sanos nuestros cuerpos serranos se desvaneció como lágrimas en la lluvia el día que me di cuenta que se me había pasado la mañana en un suspiro y yo andaba todavía en pijama y con una lavadora por poner.

Así que no me queda más remedio que ensalzar las bondades de la comida preparada y esperar a que el sr. Oh pueda, al menos, entretenerse solo. Si mi anterior sueño era pasear por un mercado iluminado por el sol a través de hermosas cristaleras llevando al sr. Oh en porteo, ahora sueño con el día en que pueda visitar un mercado medianamente decente mientras el sr. Oh la lía parda toqueteando la parada de la fruta.

Comed bien, decían. Serán ellas, porque, lo que es nosotros nos conformamos con gritar ¡vivan los congelados!

Y vosotras ¿comíais bien?

Más vale prevenir que batallar

Me patean un poco los consejos ajenos, para qué vamos a negarlo. Maticemos, me patean los consejos del siglo XIX. Pero, como soy una mujer de contradicciones, hoy vengo los mejores consejos que me han dado:

  • Poned límites. Algo en lo que el sr. Moderno y yo nos felicitamos de lo bien que lo hemos hecho fue dictar límites, desde el día 1, bueno, el día 1 no. Desde que lo hicimos público. Desde el día 1 de hacerlo público. Y cuando escribo dictar, es dictar. No sugerir. No pedir. No insinuar. A la familia no se le sugiere, a la familia se le impone. Que sí, que vuestra familia es muy guachi y os van a respetar. Y una mierda. A la que aparece un bebé pierden el sentido hasta los más molones.
  • No decir la FPP. Punto. La FPP es para tu medico, tu pareja y para ti. A menos que tu madre pariese pasados 93274 días de su FPP y haya compartido tu sufrir, no se le dice a nadie. Este es mio, para vosotras, con todo mi amor.
  • No avises a nadie. Este me lo dijo una enfermera en el paritorio. Nos preguntó si habíamos avisado a alguien y si alguien estaba ya esperando en planta. Le dijimos que no y como un rayo me cogió la mano y me dijo con ojos como platos: “¡No avises a nadie! Hasta que hayan pasado horas, hasta que tengáis ganas, hasta que le salga su primer diente. Más te vale que ellos se enfaden contigo que tú te enfades con ellos“. Desde el punto de vista de esta buena mujer recién parida, lo peor que le pasó fue subir a planta después de 893247 horas de parto y encontrarse allí a TODA la familia. TODA. Ella estaba muerta y toda su familia gritando de emoción y pasando a la descendencia de mano en mano.
  • Vive zen. Lo complicado no es el embarazo, lo complicado es el postparto. Te duele el alma, te han cortado o te has desgarrado, has pasado una cesárea, lo que sea que te haya tocado. Además tienes una descendencia a quien no conoces y que te necesita como agua de mayo. Y la casa está hecha unos zorros, la lavadora por poner, un palmo de polvo en el comedor y un kilo de grasa en la cocina… pues te la suda. Y si vienen las visitas y les molesta que cojan un trapo y se pongan a limpiar. Que me diréis que las parejas están para ayudar, pues sí. Pero ellos (o ellas) estarán tan colapsados como vosotras y hacerlo TODO uno solo es complicado de cojones narices.
  • Fíate de ti misma. Vendrán con un quintillón de instrucciones y te dirán cómo se tiene que hacer y cómo no cualquier cosa. Pásate sus consejos por el arco del triunfo, arco que además tienes magullado. Tu tía puede pensar lo que quiera del colecho, las vacunas y el BLW, tú haz lo que creas mejor.
  • Pide ayuda. Si no llegas a todo, pues no llegas. Si no te da la vida para ir al supermercado, pues le pides a alguien que te haga la compra. Si no te dan las horas del día, pues no te dan, no te quedes sin dormir 2 horas en una siesta de tu recién parido para hacer algo, porque no vale la pena. La familia está deseando ganar puntos en tu lista para que les dejes más rato con el nuevo miembro o para convertirse en su tía favorita.

Y vosotras ¿qué consejo seguísteis?