Adiós tortuga

Hoy se acaba la escuela del sr. Oh. Hoy se acaba el curso de las tortugas. Snif, snif.

Tengo esta mezcla de sentimientos entre la alegría del final de curso que implica el verano, el parque, la playa, la alegría de hacer la bomba en la piscina; con un sentimiento de “¡hay madre! ¡qué agosto nos espera!”.

turtle

Image by Freepik

No soy persona de mirar atrás y suspirar por el pasado, quizás por eso los grupos que huelen a años 80 me dan repeluco.

No anhelo lo que ya fue.

Pero hoy, que se acaba el curso. Un curso que agárrate los nachos, ya sé que son “machos”, pero es la versión que usamos en Vila Hipster; me paro a contemplar septiembre de 2015 y me entran todos los males. Empezar la escuela fue una decisión difícil. Económicamente criminal.

Antes de que naciera el digno heredero hablamos mucho sobre todo lo que podía pasar, si era un niño de alta demanda, si no dormía nada ninguna noche jamás, si tenía cólicos y así continuaba la lista. Nos libramos de la alta demanda, de los cólicos y de las noches infinitas. Pero en nuestra ensoñación siempre nos imaginábamos que en pleno llanto inconsolable con un besito, un abrazo y al contacto con el pecho, escuchando nuestro corazón, el pichón se calmaría, sería todo de color de rosa y purpurina, tope de fantástico.

Podéis dejar de reír.

Y tú, no levantes esa ceja.

Éramos jóvenes e inocentes.

Nunca pensamos en que un niño no se durmiera con el abrazo de su madre, ni pateara en brazos de su padre. Nunca pensamos en un niño tan angustiado por la figura materna que fuera incapaz de relajarse cerca de la que lo parió. Pensábamos en el colecho como la gran solución. En la lactancia materna como un calmante.

Llevar al sr. Oh a la escuela acabó resultado una decisión vital. Especialmente para mi cordura. Se acabaron los turnos de abuelas en jornada intensiva, se acabó pedir favores. Se acabó tragarme todo lo que pensaba y atragantarme con ello. Y poco a poco se acabaron las mañanas en las que el dolor de cabeza y el agotamiento me hacían vomitar.

Fue una adaptación dura. Si me hubieran dicho que estaríamos donde estamos hoy, no me lo creería. Recuerdo esa época dónde, si me preguntaban, decía “cada día es un poquito más difícil”, donde, a menudo, por las mañanas, el sr. Oh se despertaba llorando, desayunaba llorando, se dejaba vestir llorando, íbamos hasta la escuela llorando y lo dejaba en clase llorando. Yo volvía a casa destrozada de escucharlo llorar y cuando llegaba a casa resistía mis ganas de llorar y me ponía a trabajar, con las neuronas muertas.

Además, ha sido un año de traca en la escuela. Empezó con una sustituta, que no me gustaba nada y con la que tuve un par de desacuerdos, hasta que la educadora volvió de vacaciones, porque había trabajado el mes de agosto y le tocaban las vacaciones en septiembre, que tampoco fue mi persona favorita, para luego lesionarse y acabar en otro puesto menos físico. Lo cual trajo a nuestras vidas a una educadora con más marcha, con otra perspectiva, capaz de seguirle el ritmo al sr. Oh. Para no acabar los cambios, otra de las educadoras que se encargaba de una parte específica de las clases, decidió dejar la escuela. Vamos, que para un niño que no tolera los cambios, el curso de las tortugas se lo ha puesto bien.

En las primeras reuniones con su primera educadora nos acusó de no poner rutinas en la vida del sr. Oh ¡ja! Hace pocos meses, tuvimos otra reunión, con su educadora definitiva, para hablar sobre porqué el sr. Oh es demasiado rutinario y como podíamos ir modificando sus pautas de repetición. A ver, ¿en qué quedamos?

La adaptación del sr. Oh se acabó. De un día para otro. Nada gradual. Todo abrupto, como él. Y a partir de ahí, todo fue progresando ¡Viva la evolución ¡Viva el desarrollo!

Las tortugas han sido lo mejor que nos ha pasado este curso. Todo esto que recuerdo de finales de 2015, que me hace poner los pelos de punta, ya pasó. Y lo digo con penita, porque ahora estamos en un momento maravilloso, donde el sr. Oh va a clase feliz, donde se abraza con la educadora, llega con una sonrisa y se va agitando la manita. Y ahora que estábamos tan agustito ¿tenía que acabarse la fiesta?

Hoy dirá adiós a las tortugas y en septiembre empezará un nuevo reto. Esperamos que tan gratificante como el que se acaba.

Adiós tortuga.

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3 comments

  1. Pues mira al final terapia de choque. No te gustan los cambios? Pues te hartas de ellos hasta que te dén igual. Y de una forma o de otra, uno se adapta. Los niños son mucho más inteligentes y resilientes de lo que queremos pensar, y a veces los adultos nos traumatizamos más por lo mismo que los niños. Al fin y al cabo tienen ellos más neuronas xDD

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