Mes: octubre 2014

Casualplay 2015

Este no es un post patrocinado, lo escribo porque lo que ví me tocó el corazón de madre primeriza. Quién me habría dicho a mi, hace 2 años, que me vería escribiendo esto, en lugar de soñar con mi próximo viaje a Japón.

A veces llegas a un sitio y te das cuenta de que te has equivocado.

Y no errores de primeriza somnolienta como salir de casa en zapatillas o llegar al metro y ver que no te has peinado. Cosas que a mi no me han pasado, no… Equivocado del tipo: llevar al sr. Oh en un carrito que no es Casualplay.

La semana pasada me llegó una invitación para la presentación de su colección 2015. “Seguro que se han equivocado” pensé “pero diles que sí, que una vez allí no te van a echar”. Así que el sr. Oh y yo nos pusimos guapos para la ocasión.

Ah, ¿no conocéis Casualplay? Es una marca de sillitas y cochecitos que lleva unos 47 años de andadura (lo digo de memoria), aunque si sois como yo os enteraréis de su existencia hasta que os quedéis embarazadas y entréis, aterrizado con la cara, en un enorme mundo de carritos, cochecitos, sillitas… A mi nadie puede llamarme alumna aventajada: no me enteré de lo que era un maxicosi hasta que me tocó meter uno en casa.

Por suerte o por desgracia, nosotros no pudimos elegir el coche del sr. Oh. Y no voy a quejarme, una persona a quien he visto 1 vez en mi vida nos regaló el suyo y gracias a ella nos ahorramos un sueldo medio interprofesional. También nos ahorramos la responsabilidad de elegir mal.

Pero ahí llega Casualplay y te dice que lo que estás viendo, el carrito Loop con 3 piezas más el protector y la bolsa, cuesta 599 € (P.V.P.).

Kudu 3 combinando los colores plum con allports

Kudu 3 combinando los colores plum con allports

Aunque la gran novedad es el Loop en la imagen os enseño el Kudu con colores.

Y no solo lo vimos, el sr. Oh fue un tester honorífico y mientras yo almacenaba en los carrillos un bizcochito, fruta, un café, un zumo y me ponía perdida de crema -perdiendo automáticamente cualquier atisbo de elegancia-, él se quedaba dormido, como un bendito, sobre una de sus sillas.

Si tengo que comparar la experiencia voy mal porque en los 2 meses de vida de nuestro descendiente, hemos pasado por 3 sillas. Una strokke que odiamos profundamente los 3, por su textura rígida, pero resistente a todo, y porque le forzaba a una postura incomoda, que tuvimos que devolver a la persona que nos la dejó. La nuestra, a la que no voy a destripar ahora. Y la del evento -no recuerdo el nombre, soy primeriza, tengo sueño permanente y memoria de pez-, pero era muy cómoda para poner y sacar al sr. Oh y me pareció mucho más ergonómica que las 2 anteriores, la siesta que hizo él lo certifican.

¿Qué más me gustó? Poder elegir los colores, no solo del conjunto, si no de todas sus partes. Ellos lo llaman personalizable, a mi me parece una palabra equivocada, no personalizas nada, lo combinas a tu gusto y es muy difícil que te encuentres a alguien por la calle con, exactamente, la misma combinación.

Y ocupa poco. Tenemos tiradas, en la habitación del sr. Oh, las mil partes que forman el carrito y sus digievoluciones. Cada vez que tengo que enfrentarme a ellas me pongo de mala leche. Llega esta gente y, en mis morros, plegan un cuco y lo dejan en un paquete plano, que ¿ocupa sitio? sí, pero no es lo mismo un cuco reducido a su mínima expresión que la barca sin remos que tengo y no sé dónde guardar.

Podría seguir con la seguridad, el peso, la cesta, y un largo etc. Pero mejor no, levanto la vista y me encuentro con mi carrito heredado, es lo que hay, así que me tocaré la calva como hacía Jesús Puente y me limitaré a suspirar “si te hubiera conocido antes”.

¿Fue todo tan bonito? No, como todo en esta vida hay fallos. Para mi, que todavía sean necesarias varias sillas para el grupo 0. Y otro es que por poco que ocupen, estos cacharros ocupan sitio, y acabas acumulando piezas. Tendría que existir algún sistema de renting, alquiler tradicional…

Bajo un punto de vista profesional, dar al usuario libertad en los colores es una genial estrategia, puedes ofrecer colores de tendencia pero también colores que soporten varias temporadas. Pero como consumidora indecisa sé que más de una se va a pillar los dedos con la combinación de colores. Puedes ir a lo seguro o arriesgar, y si arriesgas puedes acabar con una capota que no te gusta con el protector o con un color que pensabas que quedaría bien pero en vivo y en directo no te gusta. Eso sí, si lo haces bien, puedes triunfar y ser lo más molón del parque.

Edito: En Blog de una embarazada podéis leer las novedades que presentaron de forma limpia y ordenada, que yo me voy por las ramas y he acabado explicando 2 cosas.

Y vosotras ¿qué tal con vuestros carritos?

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El tiro por la culata

Cuando el sr. Moderno y yo comenzamos a plantearnos la idea de tener hijos, una de las primeras cosas que decidimos fue mantener el sexo en secreto durante el embarazo. En parte para tener algo que solo supiéramos nosotros. Y un poco también por el simple placer de putear.

Cuando llegó el embarazo, me convertí en una abanderada de la igualdad. No quería ver a mi descendencia vestida de príncipe ni princesa. No quería que le llamaran ni campeón ni bailarina. Los comentarios sobre “esta niña será modelo” o “este niño será futbolista” me pateaban la moral.

Así, en un alarde de mujer moderna -y gafapastil-, junto al sr. Moderno, nos pasamos meses adoctrinando por activa y por pasiva a todo bicho viviente que compartiera un m2 con nosotros sobre la igualdad de los sexos. Después de cada discurso oíamos, dentro de nuestras cabezas, aplausos y vítores.

Melena -y calva- al viento, nos felicitábamos de lo guachis que éramos, en nuestra lucha por hacer de nuestra descendencia un ser sin cargas sexuales.

Unos triunfadores, eso éramos.

Pues bien, un mojón para nosotros.

Fue nacer el sr. Oh y un mundo de posibilidades se abrió ante los ojos de los que creíamos adoctrinados. “¡Azul!” “¡Balones!” “¡Coches!” Vimos como sus pupilas se tornaron en estrellitas de pura emoción.

Empezamos a intuir que no éramos los líderes de opinión que creíamos y que el tiro tenía una trayectoria errática.

Ahí estábamos nosotros, aguantando la sonrisa, mientras algunos hacían lo que les daba la puñeterísima gana y nos demostraban, una vez más, que la familia es la que te toca y si no te gusta, te jorobas. Que bastante han hecho con aguantar sin implosionar durante 9 meses sin saber ni sexo, ni FPP, ni na’a de na’a.

Pensamos que se debería a la euforia de los primeros días, pero no. El primer regalo “de niño” sentó precedente y el avance fue progresivo irrefrenable. A pesar de que seguimos abanderando la igualdad, ya no nos escuchaban. Las masas enfervorecidas caminaban con paso firme.

Uno de los greatest hits fueron unos bodies de motivos deportivos. Toma patada a nuestros principios. No queríamos evitar coches y balones, pues esa información, a la persona que nos hizo el regalo, le entró por una oreja y le salió por la otra.

Y si hubiera sido una niña ya estaría hasta el moño de lazos de color rosa y la palabra “princesa” serigrafiada en inglés, a cambio no habría visto ni un balón de fútbol estampado en ninguna camiseta. Lo que habría sido igualmente un fracaso de nuestro adoctrinamiento.

Así fue como la realidad golpeó nuestros principios y descubrimos que no servimos, definitivamente, para gurús ni para líderes espirituales.

Algunos amigos, por el contrario, nos han demostrado que el machacamiento neuronal sí les ha servido de algo: trolearnos es un placer. Pero lo hicieron con gracia y estilo, debo admitir que yo habría hecho lo mismo. El placer de putear, del que hablaba antes, es bidireccional.

Así que, después de meses alegando a la igualdad, el sr. Oh va vestido de azul y tiene un pijama de balones de béisbol. ¡Toma tiro por la culata!

Eso sí, tiene unos patucos-Converse rojos -gracias a la sra. Umbrella– que ya los quisiera para mí. Puede que no hayamos conseguido que sus primeros meses sean ejemplo de neutralidad, pero haremos de él un minimoderno.

Y a vosotras ¿os salió el tiro por la culata?

Comed bien

Cuando estuvimos en el hospital nos tocaron unas enfermeras la mar de enrolladas. Sin ironía.

De entre varios valiosos consejos que nos dieron, hay uno que considero una estafa.

Uno de los buenos consejos fue que me diera duchas largas.

Otro que me mimara.

Pero el que considero que nos creó falsas expectativas fue: comed bien.

Y así lo hicimos, durante las 5 semanas del permiso de paternidad del sr. Moderno, nos las apañamos para comer más que bien.

El día que volvimos del hospital la recién estrenada abuela, mi sra. Madre, había llenado nuestra nevera de cosas ricas, desde una tortilla casera hasta postres. Días después, nos las apañamos haciendo pinitos gastronómicos, a pesar de que, algún que otro día, se nos descontrolaron los horarios. Pero en general, salimos airosos de esas primeras semanas como padres primerizos y gourmets.

Pero esas 5 semanas terminaron y el sr. Moderno tuvo que volver a poner el despertador y a salir de casa para cumplir un incongruente horario a jornada partida.

El sr. Moderno es el cocinero en nuestra relación. Funcionamos como un gran equipo, yo pienso platos y él los lleva a cabo. Pero con su horario yo me tengo que poner al frente de los fogones. Así que de nuevo, la plancha y la nevera estaban bajo mis deseos, esta vez con un recién parido enganchado a mi teta.

Y cocinar con un bebé de 5 semanas es tarea harto compleja. Te dicen que los bebés duermen, comen y cagan, que no tienen más actividad en todo el día, pero es mentira. Los bebés no duermen. Nacen con las pilas cargadas y quieren marcha all day long.

Podría haceros creer que nos organizamos super bien, que el sr. Moderno deja algo semi-preparado la noche anterior, de manera que yo solo tengo que acabarlo para tener la comida lista. Pero sería una triste mentira.

Tampoco voy a haceros creer que sobrevivimos a base de shawarmas y pizzas.

Pero sí es cierto que los congelados han entrado a formar parte de nuestras vidas. Casi podría decirse que con el sr. Oh, descubrimos los calabacines rebozados y los chipirones rellenos de La Sirena.

Vamos, que no nos metemos glutamatomonosódico en vena, pero la idea de ir al mercado a comprar productos frescos y hacer cosas ricas para mantener sanos nuestros cuerpos serranos se desvaneció como lágrimas en la lluvia el día que me di cuenta que se me había pasado la mañana en un suspiro y yo andaba todavía en pijama y con una lavadora por poner.

Así que no me queda más remedio que ensalzar las bondades de la comida preparada y esperar a que el sr. Oh pueda, al menos, entretenerse solo. Si mi anterior sueño era pasear por un mercado iluminado por el sol a través de hermosas cristaleras llevando al sr. Oh en porteo, ahora sueño con el día en que pueda visitar un mercado medianamente decente mientras el sr. Oh la lía parda toqueteando la parada de la fruta.

Comed bien, decían. Serán ellas, porque, lo que es nosotros nos conformamos con gritar ¡vivan los congelados!

Y vosotras ¿comíais bien?

Más vale prevenir que batallar

Me patean un poco los consejos ajenos, para qué vamos a negarlo. Maticemos, me patean los consejos del siglo XIX. Pero, como soy una mujer de contradicciones, hoy vengo los mejores consejos que me han dado:

  • Poned límites. Algo en lo que el sr. Moderno y yo nos felicitamos de lo bien que lo hemos hecho fue dictar límites, desde el día 1, bueno, el día 1 no. Desde que lo hicimos público. Desde el día 1 de hacerlo público. Y cuando escribo dictar, es dictar. No sugerir. No pedir. No insinuar. A la familia no se le sugiere, a la familia se le impone. Que sí, que vuestra familia es muy guachi y os van a respetar. Y una mierda. A la que aparece un bebé pierden el sentido hasta los más molones.
  • No decir la FPP. Punto. La FPP es para tu medico, tu pareja y para ti. A menos que tu madre pariese pasados 93274 días de su FPP y haya compartido tu sufrir, no se le dice a nadie. Este es mio, para vosotras, con todo mi amor.
  • No avises a nadie. Este me lo dijo una enfermera en el paritorio. Nos preguntó si habíamos avisado a alguien y si alguien estaba ya esperando en planta. Le dijimos que no y como un rayo me cogió la mano y me dijo con ojos como platos: “¡No avises a nadie! Hasta que hayan pasado horas, hasta que tengáis ganas, hasta que le salga su primer diente. Más te vale que ellos se enfaden contigo que tú te enfades con ellos“. Desde el punto de vista de esta buena mujer recién parida, lo peor que le pasó fue subir a planta después de 893247 horas de parto y encontrarse allí a TODA la familia. TODA. Ella estaba muerta y toda su familia gritando de emoción y pasando a la descendencia de mano en mano.
  • Vive zen. Lo complicado no es el embarazo, lo complicado es el postparto. Te duele el alma, te han cortado o te has desgarrado, has pasado una cesárea, lo que sea que te haya tocado. Además tienes una descendencia a quien no conoces y que te necesita como agua de mayo. Y la casa está hecha unos zorros, la lavadora por poner, un palmo de polvo en el comedor y un kilo de grasa en la cocina… pues te la suda. Y si vienen las visitas y les molesta que cojan un trapo y se pongan a limpiar. Que me diréis que las parejas están para ayudar, pues sí. Pero ellos (o ellas) estarán tan colapsados como vosotras y hacerlo TODO uno solo es complicado de cojones narices.
  • Fíate de ti misma. Vendrán con un quintillón de instrucciones y te dirán cómo se tiene que hacer y cómo no cualquier cosa. Pásate sus consejos por el arco del triunfo, arco que además tienes magullado. Tu tía puede pensar lo que quiera del colecho, las vacunas y el BLW, tú haz lo que creas mejor.
  • Pide ayuda. Si no llegas a todo, pues no llegas. Si no te da la vida para ir al supermercado, pues le pides a alguien que te haga la compra. Si no te dan las horas del día, pues no te dan, no te quedes sin dormir 2 horas en una siesta de tu recién parido para hacer algo, porque no vale la pena. La familia está deseando ganar puntos en tu lista para que les dejes más rato con el nuevo miembro o para convertirse en su tía favorita.

Y vosotras ¿qué consejo seguísteis?